Mirando a las estrellas con los pies sobre la Tierra
Por Carmen Dolores Hernández | De El Nuevo Día
Daniel Roberto Altschuler ha vivido en Puerto Rico desde el 1979. Vino en busca del Sur, de Latinoamérica, después de obtener un doctorado en Brandeis y de cursar estudios postdoctorales en Maryland. Uruguayo de nacimiento, hijo de inmigrantes alemanes, explica que “A finales de los setenta no podía regresar al Uruguay, que estaba bajo una dictadura militar. Con mi barba y pelo largo, me hubieran puesto en la cárcel. Además, no tenía opciones académicas. Puerto Rico me brindaba el ambiente latinoamericano y la oportunidad de continuar con mi carrera. Es una isla maravillosa, que siento muy mía; por eso me duelen también sus problemas”.
Altschuler, que vive en Hatillo, enseñó durante dos años en la Universidad Interamericana de San Germán y luego pasó al Departamento de Física en la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras. En el 1989 fue a trabajar en el Observatorio de Arecibo, que dirige desde el 1991 y cuyo Centro de Visitantes -construído bajo su dirección- es su gran orgullo.
“Ambos proyectos, el Centro de Visitantes y el libro”, dice, “son producto de la misma inquietud: hacer accesible la ciencia, hacerla interesante. A pesar de sus esfuerzos, la comunidad científica no ha sabido captar el interés del público general. Hay que amenizar ciertas áreas y hacerlas interesantes a la vez que se mantiene la veracidad y exactitud. Escribí este libro para personas educadas que no son especialistas en ciencias. Quería tender un puente entre las ciencias y las humanidades, romper la barrera que existe entre ambas. Es difícil porque hay prejuicios de parte y parte. Pero para una persona que se dedique a las humanidades, leer este libro es tan fácil o tan difícil como leer una novela de Sábato (uno de mis escritores preferidos). Podría ser hasta más fácil porque aquí está todo explicado, en la novela no”.
Se han hecho tantos descubrimientos maravillosos en la física durante los últimos 500 años que esa ciencia se ha convertido en una disciplina central para la cultura humanística, incidiendo en campos que antes eran privativos de la filosofía y hasta de la teología. “La filosofía clásica pierde sentido si uno no le hace caso a la física”, explica el científico. “Hay que empezar por preguntar ¿qué sabemos? Ya nadie se pone meramente a pensar en el mundo; lo estudia. La física ha tenido un impacto sobre la filosofía y sobre la teoría del conocimiento, pero ha estado menos aliada con la teología: le ha presentado un conflicto. Galileo luchó contra la Iglesia Católica pero lo hizo, irónicamente, para mantener sagradas a las Sagradas Escrituras. Le estaba diciendo a la Iglesia que no insistiera en que las Sagradas Escrituras describían la realidad al pie de la letra. Cuando descubrió las lunas de Júpiter -llamadas hoy, precisamente, de Galileo- entendió que había un conflicto con lo que enseñaba la Iglesia y que si las ciencias continuaban descubriendo esos fenómenos, el conflicto sería peor. Por eso quería insistir en que las Escrituras eran una forma de dar una guía espiritual. Un cardenal católico de su época, César Baronius, lo comprendió muy bien: dijo que las Sagradas Escrituras nos enseñan cómo ir al cielo y no cómo va el cielo. Pero muchos aún tienen una imagen del mundo que no ha cambiado en 400 años: piensan en términos aristotélicos”.
Las descripciones y explicaciones que ofrece Altschuler en “Hijos de las estrellas” acerca de los procesos estelares y planetarios -procesos que se miden en términos de inmensidad en el tiempo y en el espacio en relación con nuestra experiencia individual, pequeña y relativa- nos hacen pensar en que todo científico debe llevar una “doble vida”. Por un lado, experimenta los fenómenos naturales como el resto de los mortales: con la vista, el oído, el tacto. Por el otro, sabe que los sentidos no nos ofrecen el cuadro completo. ¿Cómo se lleva a cabo el ajuste entre lo que se sabe y lo que se experimenta? “El científico no puede evitar pensar en términos físicos. Disfruto de la puesta del sol, de su poesía y al mismo tiempo disfruto de lo que estoy viendo porque sé lo que es y porqué sucede. Son dos escalas. Saber le da más significado a las cosas. Me ubico en donde estoy en la realidad en vez de en la ficción”.
Esa perspectiva es muy importante para el proyecto -inaplazable- de conservar nuestro planeta. “Lo que he estudiado”, añade, “me hace saber que éste es el único planeta que tenemos y que tenemos que cuidarlo. Deberíamos considerar que nuestro planeta es un tesoro. Aunque como individuos somos insignificantes, al multiplicar cada individuo por el número de seres humanos que hay -6,000 millones - entonces todos juntos tenemos un impacto enorme sobre el planeta. Cuando éramos menos, y tribales, el impacto era trivial: se echaba a perder un lugar, un lago, por ejemplo y la tribu se mudaba a otro. Ya somos un elemento global, no hay adónde mudarnos. La atmósfera es una y la estamos envenenando; la usamos como vertedero. Poco a poco, pero constantemente, estamos contaminando nuestro ambiente. La capacidad de limpieza del ecoambiente es limitada. Las corrientes atmosféricas y las marinas distribuyen el daño por todo el planeta, no importa quién lo origine”.
¿La solución? “La estamos tomando muy poco en serio. La actitud es ‘business as usual’ en un mundo que ya está en transición. O buscamos una solución voluntariamente o nos va a ocurrir que sea muy tarde para aplicarla”. Lo de un mundo en transición significa que ha llegado un punto en que ya no se puede regenerar sin la ayuda del hombre. Las señales están por todas partes, explica: en las zonas metropolitanas ya no se ven las estrellas por las nubes de polvo y contaminantes que oscurecen la atmósfera; la deforestación del planeta avanza a pasos agigantados; hay una ambición “insaciable” de adquirir, de tener cosas. “Las mega industrias son como un cáncer sobre la faz de la tierra”, dice.
“Si uno lo ve en el contexto de a lo que hemos llegado en 4,000 millones de años, es aterrador pensar que lo podemos deshacer todo en 100 años”, añade, citando un proverbio indígena que dice: “Nosotros no heredamos el mundo de nuestros padres; lo tomamos prestado de nuestros hijos”.
En su libro, Altschuler tiene una descripción impresionante de qué pasará con el planeta Tierra dentro de cinco mil millones de años, cuando el sol comience a morir. Él no cree, sin embargo, que lleguemos a ese fin natural. “La historia lo ha probado. En el relativamente poco tiempo que el hombre lleva sobre la tierra, ha acelerado todos los procesos. Nos hemos separado de la naturaleza. Somos los primeros seres pensantes con conciencia para entender que lo somos. Tenemos la perspectiva de que todo fue hecho para nosotros, pero somos capaces de eliminarnos de la faz de la tierra en un santiamén. No tenemos suficiente sabiduría para no hacerlo. Si el fin viniera por un accidente cósmico, por un asteroide que nos impacte y nos borre de la existencia, pues eso es inevitable. Pero si somos nosotros mismos quienes nos destruímos, es triste porque es evitable. Es aún más triste que la especie más inteligente del planeta haya usado esa inteligencia para suicidarse”.
Este científico, director del Observatorio de Arecibo, tiene mucho que decirnos a todos. En este libro -que ha sido editado simultáneamente en inglés y en español por la prestigiosa Cambridge University Press- da una voz importante de alerta a la vez que ofrece una brizna de esperanza: “A pesar de todo, el año pasado planté siete árboles en mi jardín”.
(En el mes de marzo el libro se presentará en el Planetario Hayden de Nueva York.) -C.D.H.