Educación para la Paz y la Justicia
La historia humana pasa a ser cada vez más una carrera entre la educación y la catástrofe.
H.G. Wells
Recuerdo que en mi juventud cuando decía carajo mis padres se escandalizaban y me decían que usar “malas palabras” no era propio de gente educada, y me amenazaban con lavarme la boca con jabón “Bao”. La gente educada, de buenos modales no decía obscenidades; era la que decía “buenos días” y “gracias”.
Si lo piensa un poco, no existen malas palabras, quizá malos pensamientos y las acciones que los acompañan. El carajo no era más que el canasto que había en la punta del mástil más alto de una carabela donde el vigía podía ver más lejos, avisar de naves enemigas y gritar “tierra” si la avistaba, como cuando llegó Colón. Estando ahí, el carajo era el lugar más inestable de la nave, era fácil marearse, enfriarse, mojarse y padecer de insolación.
Me imagino que aquellos que subían allí y luego de su guardia bajaban como si nada, eran admirados por los otros que le dirían que “estaba del carajo”. Por otro lado, si alguien molestaba mucho, me imagino que le dirían que se “fuera pal carajo”. Y así hasta nuestros días.
Los autoproclamados defensores de la moral pública despotrican contra obscenidades que, piensan ellos, pueden lastimar nuestros castos oídos o nuestras desubicadas sensibilidades. Se preocupan más por la contracepción que por el HIV. Navegan en la superficie y no se atreven o son incapaces de profundizar. Pero la obscenidad reside en otro lado. El que existan individuos cuyas fortunas son superiores al valor de las economías de varios países, es algo realmente obsceno, pero ellos callan. Navegan sobre las heridas obscenas que le hemos infligido a la tierra, el mar y el aire, heridas que son un cáncer en la piel del planeta, pero ellos callan. Si vamos a molestarnos por alguna obscenidad, ¿Por qué no comenzamos con éstas, o con los niños que muestran sus barrigas hinchadas porque se mueren de hambre? Barrigas mucho más obscenas que un trasero en tanga.
Muchos nos alarmamos por el pobre nivel de educación de los egresados de nuestras escuelas y universidades, pero, ¿qué es en realidad lo que nos preocupa? ¿Qué usen palabrotas? Lo dudo. La educación y la moralidad nada tiene que ver con palabras, buenas o malas, con obscenidades lingüísticas, pero sí con esas otras obscenidades.
La educación es la base de la sociedad y determina en gran medida el carácter, la manera de pensar y el comportamiento de los ciudadanos. La pregunta es ¿qué hacer?, ya que parece obvio que algo no funciona. Si no logramos forjar un cambio en la educación del ciudadano no encontraremos la elusiva paz y justicia que la mayoría deseamos, y es posible que en el futuro volvamos a quemar brujas y herejes de todo tipo, (si es que no perecemos antes en un holocausto nuclear).
Claro, es inaceptable que graduemos doctores que digan no “creer” en la evolución biológica. Sería como aceptar a un cirujano que no cree en la causa bacteriana de las infecciones. Es inaceptable que egresados de la escuela luego de doce años no sepan decir “this pencil is yellow”, inaceptable que al totalizar una compra de cinco artículos de $1.50 la cajera sea incapaz de obtener $7.50 sin la ayuda de la calculadora.
El fracaso de la educación se evidencia con el hecho que muchos conocen poco de geografía, literatura, o historia, casi nada de ciencia, y apenas comprenden un segundo idioma. Luego de muchos años de escuela, saben leer y escribir, sumar y multiplicar y alguna otra cosita que se haya colado por ahí. La enseñanza se implementa con la exposición interminable a una enorme cantidad de hechos, que se memorizan para pasar alguna prueba y que luego son olvidados prontamente. Gran cantidad de información, poco conocimiento. Luego de obtener las mas altas notas se cuelgan en la vida. Muchos egresan de la escuela sin saber un carajo de la vela (otro dicho de origen marítimo).
Pero el mayor fracaso es que aun nos comportamos como cavernícolas ya que no se trata en última instancia de saber geografía o distinguir palabras buenas de las malas. No se trata de cambiar el contenido que forma parte del currículo del presente, y modificar las destrezas que todo ciudadano debe adquirir para defenderse en este mundo. Tampoco me refiero a lo bien o mal que se logran estas metas en la actualidad (eso son otros veinte pesos). En el mundo aun hay mil millones de analfabetos.
¿Pero, qué pretendemos? ¿Que todos aspiren a ser profesionales? ¿Que todos se conviertan en intelectuales? Pero entonces, ¿quién va a mover la maquinaria de la economía? ¿Quién va a trabajar en los antros de comida rápida, en las megatiendas, en los talleres para reparar los autos de los intelectuales que se están cayendo en cantos? (No los intelectuales, sino los autos). Creo que la preocupación por la educación debe ser otra. De lo que se trata es de educar para la paz y justicia, de educar para llegar al futuro, de librarnos de la herencia cavernícola. Me preocupa que los mal educados lleguen a posiciones de alta responsabilidad, electos por el resto cuya facultad crítica ha sido atrofiada por “la educación”. Y de eso también se trata.
Tampoco debemos olvidar que una educación excelente, como se define actualmente, no garantiza una sociedad que viva en paz y justicia. Un pueblo muy educado, que dio al mundo a Goethe, Bach, Beethoven, Kant y Einstein entre muchos otros, también permitió a Hitler y sus secuaces y participó en el máximo horror de la historia.
Cada día es más evidente la falta de educación adecuada en los que son electos para posiciones de gobierno. Recientemente algunos se pronunciaron con respecto a las acciones de Bush, Rumsfeld, y sus colegas, comparándolas con las de Hitler, y más recientemente, en el Club Nacional de la Prensa de Washington, Rumsfeld comparó al venezolano Chávez con Hitler diciendo que “Chávez es una persona que como Adolf Hitler fue elegido legalmente y luego consolidó el poder”. Eso demuestra que saber un poco de historia es peor que saber nada. Estas comparaciones son odiosas. Que al gobierno de EE.UU. no le cae bien Chávez no es noticia, al igual que no le cae bien lo que está pasando en Bolivia con la elección de Evo Morales y me imagino que la chilena Michelle Bachelet les trae a la mente a Salvador Allende, también democráticamente electo y asesinado un septiembre once, con apoyo norteamericano. Lamentablemente un pueblo manso, como el norteamericano, se cree todas las mentiras que sus gobernantes utilizan para justificar sus acciones.
Comparar a los que hoy gobiernan a Venezuela o los EE.UU. con Hitler, representa un grave insulto a aquellos que sufrieron aquella persecución sistemática, las torturas y asesinatos en masa. Por más que sea posible encontrar ciertas analogías, minimiza lo que éste hizo y quita una dimensión al horror que significó, que supera por mucho lo que cometieron todos los desalmados dictadores latinoamericanos juntos.
La educación del presente sirve para la guerra pero no para la paz. En vez de educar para producir ciudadanos producimos consumidores. En vez de educar para construir comunidades educamos para construir centros comerciales. La ética prevaleciente trastoca el “eres lo que haces” por “eres lo que posees”, consecuencia del craso capitalismo que define esta era. En este torbellino materialista del consumo sucumben los que no tienen ni para alimentarse, que son muchos. Más de mil millones viven en pobreza extrema y sin alimentación adecuada mientras otros se someten a dietas estrafalarias para adelgazar (también están mal alimentados). La violencia del hambre, tormento constante que debilita el cuerpo y la mente, no es tan visible como la sangre en el asfalto que nos muestran los noticiarios a diario pero es mucho más grave. Ellos son, en última instancia, victimas inocentes de nuestro sistema educativo y de nuestros trastocados valores. Es imposible la paz en un mundo sin justicia. Es necesario producir lideres de otra talla, con la capacidad, la sabiduría y el valor para desviarnos del curso trazado que lleva al abismo. Además, en una democracia, necesitamos un pueblo educado para que pueda distinguir entre los que buscan la altura y los que son meramente lacayos del sistema.
Es necesario enseñar a razonar y a cuestionar, enfatizar y estimular el pensamiento solidario y ético. Cuestionar especialmente todo lo impuesto por autoridad. Así, al ciudadano podrá hacer una evaluación crítica de la creciente avalancha informativa que le atonta, engendrada por los medios de comunicación de masas, especialmente la televisión. Que el ciudadano pasa más tiempo viendo TV que en el salón de clase manifiesta la dificultad que enfrentamos. Razonar y cuestionar es la base para lograr una ciudadanía que posea facultad crítica y que exija a los gobernantes que los lleve por el mejor camino, a pesar de los numerosos intereses que ejercen presión para desviarlos
Es necesario un cambio de carácter mas que de contenido de la educación. Me refiero a conocimientos y habilidades que pertenecen a la meta-educación, algo que trasciende el mero contenido y suple los valores y premisas que forman el trasfondo de la enseñanza, en respuesta a las razones por las cuales educamos. Esto incluye la consideración de temas que contribuyan al cambio que necesitamos fraguar, valores en concordancia con una ética contemporánea y secular, destrezas necesarias de lógica para poder discernir y decidir, y un acercamiento a los problemas filosóficos de siempre, examinados en el contexto del mundo en el cual vivimos y de los graves problemas que enfrenta la humanidad. Esto, que debe ser parte de un largo proceso educativo, sólo se puede lograr si los que enseñan están adecuadamente preparados y comprometidos para tal misión, de lo contrario seguirán suministrando información en vez de conocimiento.
Se estima que dentro de cincuenta años la población mundial será de nueve mil millones y el aumento resultante en el consumo de recursos y en la producción de desechos nos llevará a una tragedia global. En términos de la temperatura global, concentración de gases de invernadero atmosférico, daño ecológico, y otras variables, el sistema terrestre se está desplazando muy fuera del rango de variabilidad natural exhibido durante el último medio millón de años. La naturaleza de los cambios que están ocurriendo de forma simultánea en el sistema terrestre, sus magnitudes y razón de cambio no tienen precedentes. Nos encontramos en un momento singular en la historia del Homo sapiens. Por primera vez (comenzando con el ozono) nuestro efecto sobre el planeta ha cambiado no solo cuantitativamente si no cualitativamente.
Frente a esta alarmante realidad la educación debe potenciar a que lleguemos al futuro en condiciones originadas por nuestras decisiones y acciones y no impuestas por la naturaleza, las cuales serían mucho más dolorosas para nuestros nietos. Debemos forjar al Homo ecologicus y descartar al Homo economicus. Educación que enseñe a vivir en armonía con la naturaleza en vez de dominarla, con amor y respeto, base fundamental de cualquier relación. Educación que capacite para elegir con valor luego de una deliberación, como lo dice Savater[1]: “capaces de persuadir y dispuestos a ser persuadidos” y que nos faculte para “sentir y apreciar la fuerza de las razones, y no las razones de la fuerza”.
Pero necesitamos además deshacernos de la herencia nefasta del tiempo que éramos cavernícolas. Llevamos a cuesta una vieja hipoteca de agresividad sin la cual el Homo sapiens, con su débil cuerpo, no hubiera podido sobrevivir en las sabanas del África. En aquellos tiempos remotos adquirimos nuestra forma de ser y actuar, bajo circunstancias que eran muy diferentes a las de hoy. Los pequeños grupos habitaban grandes espacios con recursos naturales prácticamente ilimitados y la contaminación era mínima y era fácilmente absorbida por procesos naturales. Los problemas entre tribus se resolvían con violencia, pero con la técnica disponible - un palo o una piedra - el daño era limitado. El registro paleontológico nos presenta muchas innovaciones desde entonces, incluyendo el uso del fuego - el inicio del uso controlado de combustibles - hasta alcanzar el uso de hierro hace cinco mil años. El resto es historia, culminando con la explosión tecnológica del último siglo. Pero aun continuamos con la vieja costumbre de resolver nuestros problemas entre individuos y naciones con violencia. Ahora es posible eliminar a millones de personas simplemente presionando un botón.
Saldar esa hipoteca no es fácil. Lo lograremos, si acaso, con una nueva educación que considere los dilemas que nos presenta este mundo, que guíe nuestras acciones y nos permita desarrollar un mundo mejor para todos. Una ética que enfatice la fraternidad entre humanos - en realidad entre todas las formas de vida - que le de valor a las cualidades internas del individuo en vez de fijarse en lo que le rodea. Una ética de solidaridad que considere que el sufrimiento de un desconocido, de una mujer en un país distante tiene el mismo peso que el de una vecina. Una ética que enfatice que debemos vivir en armonía con la naturaleza. Que la tierra, el mar, y el aire nos pertenecen a todos por igual y a nadie en particular. Una ética que implemente las consignas de la Revolución Francesa, las cuales en el presente solo se pueden ver como palabras en la pared de algún viejo edificio municipal de un pueblo francés: Liberté, Égalité, Fraternité. Una ética que enseñe que la violencia, tanto individual como colectiva, lo único que produce es más violencia y más dolor. Una ética que respete el “no matarás” bíblico sin excepciones, sin pena de muerte y sin guerras.
Todo parece tan claro, que uno se pregunta ¿cual es el problema? La respuesta también es clara: un pequeño y poderoso sector se opone al cambio, ellos están bien. A los que ejercen el poder económico y político no les conviene un pueblo pensante, crítico y dispuesto a indignarse por la insolencia de los que mandan a otros a matar, por la insolencia de los que botan comida mientas otros no tienen que comer - dos caras de la misma moneda. Mejor, para ellos, un pueblo sometido a la trivialidad de la televisión, apabullado por las novelas, los chismes, los horóscopos, la política inocua y las aburridas vidas y opiniones de las celebridades; preocupado por los pagos del automóvil de lujo; ignorante de lo que realmente pasa. Un pueblo que padezca de una vida no muy distinta a la de las vacas.
Hoy día, la educación en todos los niveles va dirigida a preparar “carne de cañón” para las empresas, personas diestras para ser empleadas por la industria, el comercio y el gobierno. Es cierto que para la gran mayoría el resultado final del esfuerzo educativo es el de preparar para sobrevivir, de adiestrarse para poder ganarse el pan cotidiano. Pero eso debería ser una consecuencia colateral de la educación y no su propósito primordial, ya que como se dice por ahí: “no sólo del pan vive el hombre”. Se ha dejado de lado el aspecto que va más allá de estos motivos utilitarios, lo que nos haría verdaderamente “humanos” y con esto se empobrece sistemáticamente la experiencia de vida.
Las universidades tampoco están produciendo individuos capacitados para la difícil tarea de rescatar el futuro, comenzando por la formación de maestros preparados para implementar los cambios necesarios. Divididas por disciplinas y departamentos, las facultades y los estudiantes circulan en ambientes sufragáneos (búsquelo en el diccionario como hice yo), grupos que imparten rígidamente sus disciplinas mientras compiten con otros por recursos y estudiantes. Pero el ser humano y las sociedades, nuestro universo, no se pueden reducir a porciones independientes homologas a las disciplinas académicas. Es muchas veces en las fronteras entre estas disciplinas donde surgen las nuevas ideas. Generamos historiadores que no saben Física, físicos que no saben Economía, economistas que no saben Biología, y biólogos que no saben Historia, todo en un ambiente de menosprecio mutuo. Generamos maestros y doctores que son meramente muy buenos técnicos.
Se argumenta que no hay tiempo, que con el avance del conocimiento cada disciplina se ha vuelto compleja y que es necesario crear especialidades y sub-especialidades. El perfil monocromo del egresado le ciega a ver más allá de su disciplina. Con estas gríngolas los que sugieren o toman decisiones de impacto social pueden causar grave daño. Quizá un par de años adicionales de estudio para cruzar disciplinas, podría ser muy beneficioso. Por otro lado las nuevas ideas que se puedan generar no saldrán a la sociedad si las universidades no se vinculan de una forma más estrecha con ella. La universidad debe de buscar un acercamiento con el pueblo, debe ser un recurso para buscar soluciones a los graves problemas que nos afectan, buscar soluciones a las necesidades humanas y no a las de las corporaciones. Es cuestión de vida o muerte.
Estoy convencido que este cambio en la meta-educación es necesario si deseamos tener un futuro digno de recordar. Debemos enfatizar que lo que nos distingue de otras formas de vida es nuestra mente, nuestra capacidad de pensar, nuestra posibilidad de actuar y elegir de acuerdo a una ética que se sobreponga a los pobres preceptos que hemos heredado. Necesitamos deshacernos de la herencia cavernícola que no nos sirve para el mundo moderno. Si lo lográramos, nadie votaría por los políticos sin ideas, cuyo único objetivo es perpetuar el triste presente. Nadie aceptaría matar a otros y aunque fuera por darles “libertad y democracia”. Porque cualquiera con dos dedos de frente se abstendría, y la paz sería buena y duradera. Tenemos que darnos cuenta que no se trata de escoger entre McMundo y Jihad, que existen alternativas. Es nuestra elección.
[1] Fernando Savater (2003). El valor de elegir. Ariel