Hijos de las Estrellas

Weblog del científico y escritor Daniel Altschuler

Lunes, Febrero 25, 2008

De Infiernos, Monstruos y Quimeras

“Per me si va ne la città dolente,
per me si va ne l’etterno dolore,
per me si va tra la perduta gente.

Giustizia mosse il mio alto fattore:
fecemi la divina podestate,
la somma sapienza e ‘l primo amore.

Dinanzi a me non fuor cose create
se non etterne, e io etterno duro.
Lasciate ogne speranza, voi ch’intrate”.

Dante Alighieri, Divina Comedia, Infierno - Canto 3

El otro día te conté un cuento mucho mejor que aquellos que te contaba antes de irte a dormir. Digo mejor, por la sencilla razón de que en realidad, aunque parecía un cuento no lo era. Hoy te cuento otro, uno de infiernos, monstruos y quimeras.

Había una vez, hace mucho, pero muchísimo tiempo, un pequeño planeta que se había formado luego de un largo proceso de gestación en la zona habitable de su estrella - su ecoesfera. Es ésta una esfera que rodea una estrella en la cual la temperatura es tal que puede haber agua líquida en la superficie de un planeta, lo cual se considera esencial para la vida. Al fin y al cabo somos mayormente agua.

La superficie del planeta recién formado era inhóspita y desierta. Las cicatrices dejadas por el violento proceso de formación - el colosal choque de miles de objetos, algunos del tamaño de nuestra Luna, cada uno una hecatombe - eran aun claramente visibles. Como si fuera la superficie de la Luna se divisaban gigantescos cráteres, heridas de las cuales fluía roca fundida como si fuera sangre, que al encontrarse con lagos de agua los evaporaba instantáneamente. Interminables lluvias torrenciales devolvían el agua a la superficie para volver a evaporarse en el próximo encuentro. Explosiones de lava y roca le daban al aire, mayormente compuesto por dióxido de carbono, un fuerte olor sulfuroso, aunque no había nadie con el sentido del olfato que pudiera haberlo percibido. El Sol de aquel planeta visto detrás de la atmósfera densa y brumosa brillaba escarlata con menos intensidad que en el presente, pero la gran concentración de dióxido de carbono mantenía la superficie caliente.

Si alguien hubiese visitado ese planeta, no tengo duda que habría pensado que se trataba del mítico infierno con sus noches iluminadas por el fulgor anaranjado de la lava. Pero claro, no se puede visitar ya que es un planeta que había una vez, pero que con el correr del tiempo se transformó en otro muy diferente: nuestra Tierra.

En la noche, la Luna recién formada como consecuencia de uno de esos choques colosales, mostraba una cara mucho más grande que la que vemos al presente, y producía mareas gigantescas ya que se encontraba a una distancia mucho menor que la que media entre la Tierra y la Luna en la actualidad. Las mareas cubrían grandes extensiones costeras y dejaban lagunas que cada pocas horas volvían a ser barridas por la siguiente marea, porque el planeta giraba más rápido que hoy y por lo tanto los días eran mucho más cortos.

En el firmamento de aquellas noches sólo se divisaban las estrellas más brillantes y los otros planetas que no quedaban eclipsados por la atmósfera. En caso de poder ver sin impedimentos las estrellas que entonces salpicaban el cielo, no habrías reconocido aquella bóveda celeste tan ajena. Contemplarías una región muy diferente de la Galaxia porque aquel planeta y su Sol se encontraban en otro lugar rodeado por estrellas distintas a las que conocemos. Podrías haber inventado toda suerte de constelaciones y signos zodiacales, nada que ver con los que se inventaron hace unos dos mil años.

Pasaron millones de años y el planeta se transformó lentamente. La Luna se fue alejando y el Sol aumentó su brillantez y viajó por la galaxia de modo que el cielo mostró otras estrellas. En el transcurso del tiempo la Tierra se fue enfriando, y los violentos choques dejaron de ser frecuentes, aunque cada tanto ocurría alguno. El agua evaporada se condensó en grandes cantidades formando océanos. La roca fundida se solidificó y nacieron las masas continentales que se movieron lentamente hasta conformar el mapamundi que tuviste que colorear en la escuela.

En los cuerpos de agua cálida de aquella tierra primitiva, como si fueran enormes calderos, diferentes moléculas reaccionaron para formar nuevos compuestos. Por millones de años sucedieron incontables reacciones, hasta que, en algún momento, una reacción muy especial formó compuestos que perduraron y se multiplicaron, moléculas particulares que más adelante formaron los primeros organismos. Es un misterio cómo ocurrió en detalle, un misterio que no dudo los científicos del futuro develarán, como lo hicieron con tantos misterios del pasado.

Si hubieras estado allí en el profundo pasado, recorriendo alguna playa como lo hacías de pequeña, buscando caracoles y pececitos atrapados en los hoyos de agua que quedan entre las rocas, tal vez habrías encontrado bajo el agua cálida unas estructuras redondeadas con una superficie babosa de un color verde azulado. ¡Habrías descubierto vida sobre aquel planeta! Fueron los primeros habitantes de la Tierra, los estromatolitos compuestos por las llamadas cianobacterias, las cuales con el correr del tiempo oxigenaron lentamente la atmósfera, creando así un ambiente propicio para seres respirantes, protegidos de la dañina radiación ultravioleta del Sol por la capa de ozono (el cual es una variedad de oxígeno). La vida no podría haber migrado de los océanos en los cuales surgió para conquistar la superficie de los continentes, sin esta capa protectora. El planeta amarillo y azul se transformó lentamente agregando el verde.

La composición de la superficie de la Tierra, incluyendo los océanos y la atmósfera, fue cambiando paulatinamente como resultado de una serie de ciclos geoquímicos que transportan compuestos de varios tipos entre varias partes de la Tierra. Estos ciclos naturales, que son extremadamente complejos, alcanzan un equilibrio tras largo tiempo manteniendo una proporción constante de dichos compuestos en el medio ambiente. El carbono del planeta, por ejemplo, se traslada constantemente por medio de varios procesos entre distintas reservas en el suelo, la atmósfera y el océano (el ciclo del carbono). Cualquier cambio en la rapidez de estos procesos cambiará la cantidad de carbono en una de dichas reservas. La atmósfera, que contiene una pequeña fracción de dióxido de carbono, es la reserva más vulnerable y la más importante para nosotros. Los sistemas biológicos forman una parte importante de estos ciclos y han alterado y hasta determinado la naturaleza física y química de la superficie de la Tierra. A su vez, esto ha repercutido en el devenir de la vida sobre la Tierra.

Además de su importancia en relación con el efecto de invernadero, el carbono es un elemento fundamental para la vida porque en él se basa la química de los seres vivientes. Nuestras sociedades industrializadas también se basan en este elemento. El carbono es especial ya que puede formar gran variedad de enlaces con otros elementos, incluyendo otros átomos de carbono, lo cual permite la formación de una enorme diversidad de moléculas de diferentes tamaños, estructuras, y propiedades: las biomoléculas de la vida.

Vida. De todos los incontables procesos que ocurren en el universo, la vida es sin duda el más importante, o al menos eso nos parece a nosotros, y por muy buenas razones. El registro fósil que es la ventana por la cual miramos el pasado de la vida, la bioquímica y la biología molecular no dejan duda acerca de los hechos básicos de la evolución biológica. Tu y yo, y todas las formas de vida del planeta, un árbol, un coquí, una bacteria o una vaca, somos en esencia la misma cosa, formados mayormente de hidrógeno, oxígeno, carbono y nitrógeno, con trazas de otros elementos como calcio, azufre y fósforo, todos creados en estrellas como ya te conté. Todos los seres utilizamos procesos bioquímicos similares y el código genético, la clave que determina como se escriben las instrucciones moleculares que dan lugar a que un organismo sea pez y otro ave, es el mismo en todos. No queda duda, somos la misma cosa, todos emparentados y descendientes de una célula primigenia, una bacteria que vivió hace unos tres mil quinientos millones de años, la verdadera Eva. No hay experto que dude esto, y aquellos que lo cuestionan lo hacen por ignorancia o por razones políticas o religiosas a pesar de los hechos.

El concepto de evolución biológica, es de gran fuerza explicativa por su sencillez: Observamos que se transmiten las características de un organismo de padres a hijos, es decir que hay herencia, y observamos que hay variaciones en algunas características de los descendientes, es decir que la descendencia es con modificaciones.

En el transcurso de los eones esto llevó a un cambio en las propiedades genéticas de las poblaciones de organismos de la Tierra y en ocasiones al establecimiento de nuevas especies si de algún modo un pequeño grupo quedaba reproductivamente aislado del resto, quizá por una barrera geográfica. Es un proceso (selección natural) que ocurre quizá con cierta rapidez a una escala geológica pero por millones de años puede existir una estabilidad genética que mantiene a una especie con poco cambio. Así, por ejemplo, un Homo sapiens de hace cien mil años se diferencia muy poco de uno del presente, excepto en su evolución cultural. La selección natural determina diferencias en las tasas de reproducción y supervivencia de distintas variedades las cuales tienen diferente capacidad para sobrevivir en el ecosistema dinámico en el cual están inmersos. Al ocurrir cambios en un ecosistema algunas especies no pueden sobrevivir y se extinguen, mientras que en otros casos, las presiones filtran ciertas cualidades que contribuyen a la supervivencia de ciertos individuos que de esta forma contribuyen su aval genético con nuevas características a la población.

La gran mayoría de las especies que han poblado el planeta en el transcurso de su larga historia han desaparecido. Solo quedan algunos restos fosilizados de los habitantes del pasado, algunos de ellos monstruos más feroces que los de tus pesadillas, gigantescos dinosaurios con bocas más grandes que tu cuerpo, enormes pulpos que hacían estremecer a cualquier pez, lagartos del tamaño de un automóvil y feroces tigres colmillos de sable. En ocasiones la extinción fue abrupta y global, consecuencia de cataclismos causados posiblemente por el impacto de un cometa, evocación de la génesis del planeta. Sabemos que esto ocurrió hace sesenta y cinco millones de años cuando desparecieron súbitamente los dinosaurios junto a gran cantidad de otras especies. En otros casos la extinción fue consecuencia de cambios locales en las condiciones geofísicas, a los cuales ciertos organismos no se pudieron adaptar,

El cambio climático ocurrido en África hace unos cuatro millones de años transformó la selva tropical en una sabana más árida lo cual causó que ciertos simios caminaran en dos patas y desarrollaran paulatinamente sus facultades mentales para poder defenderse y sobrevivir frente a depredadores más veloces y fuertes que ellos. De este evento surgió más tarde la transición de Australopithecus (mono del sur) a Homo.

Aunque te parezca extraño, hoy en día, a comienzos de este nuevo milenio, hay quienes sostienen una oposición encarnizada a la evolución, por considerarla contraria a una interpretación literal de la Biblia, aunque otros consideran que la Biblia o se toma literalmente o se toma en serio. Hasta ha habido autoridades escolares que han tratado de prohibir la enseñanza de la evolución en las escuelas, como una encarnación moderna, aunque menos cruel, de la Inquisición. Podrían, al mismo tiempo, legislar que las estrellas son eternas, que dos más dos son cinco y volver a imponer la idea de que la Tierra no se mueve. Sin embargo, la evolución tiene tanto que decir acerca de las Escrituras como la gravitación. Y, a su vez, las Escrituras no tienen nada que opinar acerca del mundo físico o, recurriendo a las palabras del cardenal Caesar Baronius (1538-1607), historiador de la Iglesia católica: “El Espíritu Santo nos enseña cómo se va al cielo, no cómo va el cielo” (aunque queda el problemita de saber dónde es que está el cielo, el “mas allá” como dicen, ¿no?)

Posiblemente, aparte de las dificultades teológicas, la evolución confronta problemas que se relacionan con la dificultad de visualizar un proceso que ocurre a escalas de tiempo tales que nuestras vidas son, en comparación, un efímero instante. Si pudiéramos observar otros mundos de forma similar a como lo hacemos al filmar en cámara lenta el crecimiento y desarrollo de una flor, observando millones de organismos que surgen, van vienen y se transfiguran al compás y en conformidad con los cambios geofísicos que ocurren, sería quizá menos difícil. El mundo biológico y el mundo físico se relacionan de forma íntima en un baile de diferentes procesos, como si se tratara de un tango o una salsa cuidadosamente coreografiada, manteniendo el ritmo para no tropezar y caer.

La evolución no se rige por algún sentido de propósito, por un deseo de “mejorar” una especie y mucho menos nos tiene a nosotros como meta final. No hay una meta ni un diseño, tan sólo una serie de experimentos naturales causados por cambios al azar en la secuencia de los nucleótidos del ADN de algún organismo que provocan cambios aleatorios en el resultado. El ambiente determina quién sobrevive.

Homo sapiens fue capaz de superar muchas vicisitudes causadas por cambios climáticos que a su vez causaron cambios en la flora y fauna de alguna región. El registro fósil nos enseña un paulatino aumento en la capacidad craneal de nuestros ancestros, los diversos homínidos que habitaron África, desde el Australophitecus africanus al Homo sapiens, pasando por el Homo erectus y el Homo habilis entre otros. Somos generalistas, es decir que somos adaptables y versátiles y aunque para nada en particular excelentes, somos hábiles para mucho, sobretodo por la creciente capacidad mental que permitió una organización social, el lenguaje (que también permitió la mentira) y un aprendizaje únicos entre todas las especies. Es ésta la razón por la cual tuviste que ir a la escuela. Esto permitió una relativamente rápida evolución cultural. Pero solos, frente a un veloz gepardo, fuerte elefante, o ágil mono no hay mucho que podamos hacer. Estos especialistas sin embargo, verdaderas máquinas expertas y adaptadas a nichos ecológicos específicos, son menos fuertes como especie a la hora de enfrentar cambios en el ecosistema. Fue nuestra mente la que facultó una evolución cultural sin par en el reino animal, evolución cultural que nos ha llevado a este mundo paradójico, ya que con el poder adquirido hemos puesto en peligro a nuestra propia especie y ya casi han desaparecido nuestros parientes más cercanos: los simpáticos chimpancés.

Es cierto que, como ningún otro animal, parecería que nos hemos librado de la dependencia de la naturaleza, pero como ocurre frecuentemente, las apariencias engañan. Hemos encontrado varias formas de sobreponernos a los límites impuestos por nuestros endebles cuerpos. Por medio de la tecnología, y en particular de la medicina, hemos superado ciertas cotas definidas por la selección natural. Es decir que la supervivencia de los mejor adaptados ha dejado de ser una ley infranqueable para Homo sapiens, o dicho de otra forma, hemos encontrado maneras de adaptarnos a condiciones que en otras circunstancias no nos hubieran permitido sobrevivir, y así, de una forma muy tenue nosotros mismos afectamos nuestra composición genética. Pero la regla general de la vida a largo plazo es que o se cambia o se desaparece, algo que deberíamos considerar seriamente si deseamos no correr prematuramente la misma suerte de todos. Sí, la vida es un tango, pero hay que saberlo bailar.

En fin, somos una quimera. Claro, no un engendro con cuerpo de pez y cabeza de ave, ni una figura con cuerpo de caballo y torso humano sino que unos átomos que se combinaron de millones de formas para tener una conciencia. Una quimera de genética y cultura única en al reino animal. La quimera de las quimeras, sin duda un animal fabuloso. No porque alguna inteligencia lo haya diseñado ni porque esa fuera la meta de la evolución con nosotros en la cumbre, una idea arrogante y dañina. Es justo eso lo que es extraordinario, algo que surgió aunque no era necesario y es por lo tanto un tesoro único.

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